El filósofo griego Heráclito de Éfeso, ha pasado a la historia como el primer filósofo europeo del devenir. Él consideraba que la vida es un constante flujo, y resumió su pensamiento en la frase “no se puede entrar dos veces en el mismo río”. Con esto quería decir que, el río es consistente precisamente por estar en perpetuo movimiento, siempre está cambiando. Imaginemos que a los veinte años nos zambullimos en un río al que no regresaremos hasta cumplir los cuarenta.

Si nos volviéramos a sumergir en sus aguas, claramente no serían las mismas. Ni los lodos de su fondo. Ni la flora y fauna del lugar. Pero de la misma manera que el río va cambiando, nosotros mismos tampoco seremos exactamente la misma persona. Nuestras células también han cambiado, nuestro carácter va cambiando, nuestros cuerpos, irremediablemente, están cambiando. Así, no podemos sumergirnos dos veces en el mismo río puesto que el río está en movimiento, y nosotros/as mismas también estamos en un contínuo proceso de devenir.

Los árboles son proceso, los animales son proceso, las montañas son proceso, las personas son proceso y como nos muestra la maestra Lochani en el curso “Del apego al desapego”, las playas también son proceso. Nada está quieto. Pero para no complicarnos la vida y para ahorrarnos energía mental, hemos transformado todos estos procesos en objetos.

Frente a un elemento que cambia, va mutando y está en contínuo proceso de devenir, como puede ser una mesa, un oso o una catedral, nuestros cerebros deciden hacer una foto fija y guardarla así en nuestra memoria. Una vez lo hemos hecho, tan sólo hace falta ponerle un nombre al fenómeno y así lo transformamos mentalemnte en un objeto.

Es más fácil decir “perro” que referirnos a un fenómeno animal en continua transformación que jadea al caminar. Si al objeto le otorgamos atributos, como simpático y cariñoso, ya hemos terminado de reducir un ser complejo en un ente gestionable por nuestras mentes que además nos facilita la comunicación con los demás. ¡Me parece haber visto un lindo gatito!

Esto mismo lo hacemos con las personas, fenómenos naturales o productos artificiales. Les ponemos un nombre, les damos atributos y después, esperamos que se comporten y encajen en la imagen mental que nos hemos creado. Si compramos un jersey muy suave y caluroso, que al ponérnoslo la primera vez nos da una agradable sensación de confort, vamos a generar la expectativa mental de que siempre sea así.

Lo mismo nos pasa si quedamos con una persona por primera vez y nos resulta agradable. De forma inconsciente vamos a desear tener esa misma sensación cada vez que la veamos. Con esto, nos vamos apegando a estos objetos mentales que creamos. Y así, si un día el jersey nos pica o nos resulta incómodo es probable que nos enfademos puesto que ya no responde a nuestras expectativas.

Si una persona no nos hace sentir bien, nos frustramos y queremos que vuelva a ser como la idea que tenemos de esa persona. Es decir, nos apegamos a nuestros objetos mentales e intentamos que los procesos, ya sean cosas o personas, se queden congelados y se adapten a las imágenes que nos hemos hecho de los mismos.

El aferramiento verdadero es una clase de ignorancia que superpone sobre los fenómenos una conjetura de existencia verdadera, con lo cual obstruye la visión de su naturaleza última o vacuidad.
Océano de néctar, Gueshe Kelsang Gyatso

Cuando meditamos en la vacuidad, aprendemos a deshacer este proceso mental. A aceptar que lo que percibimos como objetos en realidad son procesos. Que los atributos que les damos a las cosas sólo describen de forma muy parcial la vida real de los fenómenos. Como nos recuerda la maestra guen Lochani, es nuestro apego y no la naturaleza de las cosas lo que hace que estas nos enfaden o nos frustren.

En lugar de aceptar que todo está en perpetuo movimiento queremos que la realidad encaje en nuestra idea de cómo debería ser. Cuando empezamos a vencer nuestra tendencia a fijar las cosas, a darle atributos a todas las personas, el mundo se vuelve más amable. Nos damos cuenta de cuánto tiempo nos pasamos intentando controlar las cosas de nuestro alrededor.

Por eso, cuando meditamos en la impermanencia de las cosas empieza a surgir una poderosa sensación de paz interior, de alivio, pues pasamos de una mente que quiere dominar la realidad a dejarnos acompañar por su perpetuo movimiento. Nos sumergimos de cabeza en un río que desemboca en un inmenso océano de paz. Por esto, la próxima vez que vengas a meditar, ¡tráete bañador!